Dylan, la ignorancia, la arcadia feliz y otras mamandurrias

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Hay pocas cosas en esta vida que me indignen más que la ignorancia. Añade a la ecuación los prejuicios y ya tenemos una combinación que me provoca nauseas instantáneas. Esta reflexión viene a cuento por la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan, aunque sería más conveniente decir que es fruto del posterior estéril debate acerca de su merecimiento o idoneidad. Una idoneidad que bien me podría conducir a ese conflicto editoriales versus discográficas, que parece que gran parte de culpa tiene de las reacciones mediáticas desbocadas que han seguido a la noticia. No es el caso, la reflexión discurre por otros derroteros. 
No hará mucho, en mitad de una conversación distendida con familiares sacaba un servidor el tema de su afición musical, cuando acto seguido me interrumpía uno de los presentes para hacerme un comentario con cierto aire de superioridad moral: “A mí no me gusta la música. Yo en mi tiempo libre prefiero culturizarme, por eso leo”. Joder, así en seco, sin anestesia y proviniendo de un familiar, cuanto menos, me resultó decepcionante.
Lo que aparentemente puede parecer simplemente una respuesta acerca de los gustos/hobbies -por aquello del tiempo libre-  de aquel interlocutor era mucho más que eso. Implícitamente se me estaba dando a entender que mi interés musical era un mero entretenimiento, pero  en cambio, su propensión a la lectura -sé de buena tienta que estamos hablando de leer novelas de discutible calidad en su mayor parte- sí entra en esa supuesta categoría considerada como enriquecedora culturalmente. El desarrollo humano y cultivarse a nivel personal no debe ser atribuido en exclusividad al acto de leer. Es un compendio de multitud de acciones, tales como: ver, experimentar, conocer, escuchar, aprender, viajar, etc… Y así podríamos llegar hasta el infinito.

Visto así, vuelve a rondarme la cabeza aquella relación de la música con la industria del ocio/entretenimiento. Como siempre, habrá quien considere la música como eso, un pasatiempo más a la altura de otros tantos. A mí me gusta más pensar en el aglutinador concepto de artes, y su intrínseca relación con la cultura. Me parece que bajo el paraguas de arte o artes tienen cabida  tanto las artes literarias, las músicas folclóricas como cualquier arte audiovisual por citar algunos ejemplos. Esto mismo debió pensar Robe Iniesta (Extremoduro) en una declaración de cajón, pero igualmente certera, en la que alegaba por dejar de lado prejuicios y considerar a la música Rock como lo que es: una parte pequeña, pero al fin y al cabo, una parte de la cultura, del arte. 

No seré yo quien haga desde aquí apología para desacreditar la lectura, todo lo contrario, el fomento de la misma debiera ser obligatorio e indispensable para erradicar esa temible y terrible ignorancia al comienzo citada. Otra cosa diferente es aceptar esa pirámide o escala de artes cuya existencia puede subyacer de comentarios como el que me hicieron. Aquel artista que se dedica a la pintura, aquel que escribe poemas y aquel que toca jazz son todos ellos artistas. Artistas, englobados en una sola palabra. A priori y sin prejuicios, todos asentados sobre la misma base. El techo al que puedan aspirar y su diferenciación debe venir dada por la calidad de sus obras exclusivamente y no por ninguna jerarquía entre artes.

 
Siempre me ha resultado curioso -aunque indignante también sería perfectamente válido- asistir a como el músico, artista generalizando, en este país aún sigue teniendo tan mala imagen. En este país si no te manchas las manos eres un vago, y si el producto de tu trabajo es una obra artística, te conviertes automáticamente en diana para que cualquiera considere que eres un carota con los riñones aún intactos. Nega (Los Chikos del Máiz) lo explicaba en primera persona en un artículo, aunque el tema principal de reflexión fuese allí otro, el MC aprovechaba que el Pisuerga pasa por Valladolid, para en el cierre describir una vez más la precaria visión y opinión pública acerca de artistas como él.
Sin que sirva de precedente, y parafraseando al polemista spot Patria del Festival Erótico de Barcelona, vivimos en un país que en buena parte sucumbe ante los encantos audiovisuales de la televisión generalista y su parrilla plagada de telebasura, pero que es incapaz de encontrar valor alguno en las obras artísticas de sus paisanos. Un país que se jacta de ser el epicentro del turismo internacional gracias a su patrimonio cultural, pero que no tiene ningún escrúpulo a la hora de gravar ,y agravar la situación, vía IVA a sus conciudadanos a la hora de consumir cultura. Un país, aunque este caso es casi global, que se permite hacer juicios de valor acerca del fallo del Nobel de Literatura en Twitter, a la par que en el mismo tweet y en solo tres líneas ha cometido atroces crímenes contra la ortografía y las letras.

En fin, dudo mucho que exista un lugar del mundo en el que todo sea perfecto. Si existiese dicha arcadia donde reinase la perfección, al artista no se le despreciaría vilmente como tantas veces aquí se ha hecho, y lo que es aún mejor, las miradas por encima del hombro fruto de la ignorancia serían un recuerdo tan lejano como la existencia de los dinosaurios en el planeta Tierra. Por favor, si conocen un lugar así avísenme, que me las piro para allá en un santiamén. Mientras tanto me quedaré escuchando a Robert Allen Zimmerman. Algo sabrá, digo yo.

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