Desempolvando discos olvidados VII: Transatlanticism (Death Cab for Cutie)

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A veces toca poner en orden cajoneras y estanterías, y en alguna de ellas, nos encontramos con algún objeto inesperado y caído en el olvido. Con la primavera recién llegada, nuestras miras deberían estar posadas en frecuencias más luminosas, pero con los últimas lluvias y nubarrones aún transitando, todavía nos apetece escuchar discos de “caráceter invernal”.  Hoy desempolvo la multicromática obra Transatlanticism, cuarto disco de Death Cab for Cutie en 2003.

En los últimos días he reflexionado acerca de si mis gustos musicales han virado definitivamente hacia terrenos más experimentales o metaleros -digamos “extremos” en ocasiones- y si dicho movimiento responde a los encantos de dichos universos o si es más debido a lo anodino y efímero de bandas de géneros como el indie alternativo que desaparecen tras un disco o dos y si te he visto no me acuerdo. Poso por ejemplo la vista en este año, y mas allá de Car Seat Headrest y el descubrimiento de Rhye, poco hay que me emocione. Es por ello, que al final acabas recurriendo a viejas referencias como el For Emma, Forever Ago de Bon Iver, el Orion´S Belt de Madee o el debut de American Football cuando tienes ganas de escuchar música de cierto comoponente emotivo – admitamos, tristona también- en el recogimiento de un domingo interminable en casa. Cuando estamos con esas, un disco que siempre me ha llegado es el Transatlanticism de Death Cab for Cutie. Una obra que más allá de los momentos depre-tristones contiene mucho más que eso.

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Con un trasfondo de romances en la distancia y el tan manido- pero en cierta medida tan necesario- background del amor roto. Y es que como ya en su momento leí, raro es la canción honesta sin caer en la cursilería que trata de amor, más bien las que triunfan son las que hablan de todo lo contrario, rupturas, heridas que no suturan del todo y situaciones diversas relacionadas con dichos momentos de dificultad. Aquí Ben Gibbard se desnuda y consigue en composiciones como la dupla Tiny Vessels y el tema de mismo nombre del disco, de manera gigantesca tocar esa fibra. Todo arropado por un Chris Walla que probablemente fue ese factor especial que otorgó musicalmente de una cantidad de armonías y melodías irrepetibles, en mi opinión, en la carrera de los norteamericanos. Ese crescendo final de Transatlanticism vale al menos por mil discos sin alma que han pasado por mis oídos.

 

Y sin embargo, en cierto modo hay un hilo de luz y dinámicas en una buena cantidad de temas a lo largo del tracklist. Por ejemplo, lo magistralmente melódico de la apertura de The New Year se acerca a colores más brillantes que oscuros, ídem en ese ejercicio radiable y cercano al pop de  radiofórmula bien entendido que es Expo’86. Aunque si hay un tema en particular que cambia del todo el tempo y marca esa frontera entre lo ciertamente menos amargo de la primera parte del tracklist de la segunda es The Sound Of Settling, con un estribillo que es una pura golosina armónica. Una joyita de apenas dos minutitos que sirve de contrapunto perfecto a la carga emocional que sobreviene en la dupla comentada en el párrafo anterior y al momento de piano y voz susurrada que es Passenger Seat con esa letra y declaración de amor extendida hacia la eternidad.

 

Más allá del contenido de los compungidas letras de Gibbard, si hay algo por lo que siempre me ha atrapado este disco – quizás lo descubrí por el 2005 o 2006- es por la orfebrería de arpegios y ritmos que fueron capaces de grabar con un Chris Walla en estado de gracia y que supo sacar en cada canción con su producción lo mejor de cada una de ellas. Dudo muchísimo que Gibbard por sí solo hubiese sido capaz de componer ese magistral primer minuto de intro instrumental casi post-rock que abre We Looked Like Giants. Dicho esto no hay que restarle mérito al cabeza visible y líder todavía de la formación, ya que es innegable que su timbre es capaz de elevar composiciones como esa A Lack of Color que tanto me recuerda a lo que más tarde haría Dallas Green en su proyecto en solitario City and Colour.

 

Todavía mientras escribo estas líneas no sabría en qué espectro del indie alternativo meter a este disco. Lo más definitorio en mi mente sería emparentarlo en cierto modo a un encuentro entre el emo -lógicamente al emo antes de teñirse de negro- y ese soft indie que puede atraer a masas. Como si American Football hubiese bajado el tempo, hubiese perdido por el camino esos arpegios cristalinos math y hubiese editado un disco una vez traspasada la barrera del milenio. En cualquier caso, un disco especial en lo personal, al que siempre sucumbo cuando de introspección e intensidad emocional se trata. No he vuelto a engancharme nunca a la carrera de los del estado de Washington en sus posteriores intentos, comparto que Plans (2005) fue un digno sucesor en cuanto a volver a dar en la tecla con grandes temas como What Sarah Said o Marching Bands of Manhattan pero no alzanzó el sobresaliente nivel de Transatlanticism. Sus siguientes y últimos discos pasaron sin pena ni gloria en su momento por mis oídos, por lo que al final en mi yo personal el nombre de Death Cab for Cutie han caído en el casi olvido. Una pena que hayan sido incapaz de alinear todos los elementos como lo hicieron en este fenomenal álbum.

 

 

 

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