IDLES: Sala Apolo 2 30-11-18

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Al quintento bristoliano IDLES ya los había podido disfrutar, y sudar, en su paso por el Primavera Sound hace tan solo unos meses. Era el momento de volver a entrar en su particular universo a ratos tan divertido como crítico, tan frenético como macarra. Una Sala Apolo 2 engalanada y con entrada hasta la bola, sobre todo debido a una representación de colonia british amplísima, estaba dispuesta a berrear y hacer el cazurro un buen rato con los himnos de Brutalism y Joy As An Art Of Resistance como excusa perfecta para mandar a la mierda todos los problemas de nuestra rutina diaria. Allí que nos presentamos plenamente concienciados de que la zapatiesta podía ser importante. Algunos recuerdos son tan borrosos como la foto que ilustra el post.

A los artistas invitados JOHN no hubo posibilidad de verles, y es que el horario tan tempranero de apertura de puertas no ayudaba. Una vez preparados para lo que sobrevenía, servidor pudo posicionarse en una peligrosa parte central delantera en la que el acento británico hacía presagiar una buena somanta de hostias a la que no sabía a buen seguro si sobreviviría. Augurios confirmados poco más tarde ya que cuando la banda saltó sobre las tablas y empezaron a despegar con Colossus– con tempo por cierto algo más adormecido que en versión de estudio, quizás para meter más tono de tensión- dio pistoletazo de salida el vuelo de vasos de cervezas, pogos esquizofrénicos, saltos y una euforia y testosterona que a posteriori trayeron algún que otro problema en el normal devenir de la velada. La salvajada de Never Fight a Man With A Perm con su hooliganesco estribillo ya hizo que me emparara completamente en sudor y otros efluvios ajenos que prefiero omitir para no herir sensibilidades.

Para cuando ya habían empezado a desgranar canciones de mi favorito álbum de debut Brutalism tales como la archicacareada Mother y sobre todo Faith In The City y Divide & Conquer- lo mejor de la noche a mi entenderme destrozaron por dentro a base de empujones ya tenía claro que era imposible seguirles el ritmo a la etílica parroquia congregada y a los cinco chalados que descargaban desde el escenario. A los IDLES se les podrá reprochar que con su música no inventan la rueda precisamente, que sus temas pecan de algo lineales y de seguir una fórmula en ocasiones repetitiva, de una búsqueda excesiva incluso del coro hooligan, pero de lo que nadie les podrá tachar es de no dejarse cuerpo y alma en cada bolo. Tremenda exhibición de pasión y de ganarse el jornal la de los guitarristas Lee Kiernan y especialmente de Mark Bowen, quienes cuando menos esperabas te encontrabas en mitad del público con sus bailes espasmódicos y/o haciendo crowdsurfing.

 

 

A mitad del concierto el ambiente se enrareció un poco por culpa de ciertos butarates que llegaron incluso a lanzarle alguna zapatilla a un Joe Talbot que desafiante casi se lía literalmente a puñetazos. Puede que la música de los IDLES tenga cierto contenido intrínseco violento, un hecho que en ningún caso justifica la actitud de cierta parte del público. Los reproches de Talbot con sus habituales “You´re a cunt” o lindezas del tipo “Fucking piece of shit” recibían aplausos por cierta parte del público que no comulgaba con los numeritos de cierto sector. Adicionalmente, los parones previos acada tema con los parlamentos de un Talbot absolutamente concienciado en hacer llegar su mensaje, ya sea atizar ante temas políticos de relevancia como el Brexit o hasta el propio gobierno español, alabar al sistema nacional de Seguridad Social británico -NHS- o sacar a colación temas tan tabú como la excesiva masculinidad en el mundo del rock, las adicciones o la depresión, crearon cierto clima de adormecimiento conforme avanzaba el show. Hecho que no fue óbice para que disfrutásemos de material fresco como Love Song o Television. No obstante, la parte central del setlist fue la menos brillante.

 

 

Difícil ordenar el montón de aneécdotas extraordinarias- y digo esto queriendo referirme a sucesos que se salen de la norma imperativa de la mayoría de conciertos que suelo asistir- que ocurrieron durante la casi hora y cuarenta minutazos de concierto. Recuerdo a un chico acercarse empapadísimo y decirme que no recordaba un concierto igual en años en la Apolo. Y puede que así sea en cierto sentido. El propio Talbot en determinado momento aludió al concierto que dieron junto con los Oh Sees años atrás en la planta de arriba- parénse a pensar en dicho cartel por un segundo- como el mejor de su carrera. Esperpénticos y enternecedores a partes iguales el numerito de estos cafres cantando a pleno pulmón con su voz ronca de canallas ese temita tan odioso y navideño de All I Want for Christmas. Surrealismo puro. Como el momento de una pareja que se había pedido matrimonio. Cosas de guiris, pensaba durante el momento. O cuando Lee Kiernan empezó a subir en modo alegato feminista a toda chica que quisiese sobre las tablas, llegando incluso a cederle la guitarra a una de ellas. El simpático que se sumó a la fiesta sin que le invitarna casi sale trasquilado por un Talbot que ayer dejó el karma a un lado y por momentos parecía tan tenso como su música. Una actitud desafiante que se transformó en cierta beligerancia que no ayudó a amansar a ciertas fieras presentes. Quizás el recuperar para la causa temas de tempo más pausado a modo de contratiempo como Slow Savage o June también aportaría cierta dosis de receso necesaria.

 

Hacia el final Benzocaine, Exeter – esta dupla brutales-, Well Done y Rottweiler sirvieron de colofón a un concierto de esos que te acuerdas más por todo lo que sucedió alrededor del plano musical que por lo estrictamente sonoro y canciones. Un borrón que empaña levemente el concierto, pero ya sabes que cuando vas a los IDLES no vas a ver virtuosismo técnico ni interpretaciones primorosas. Lo suyo va por otros derroteros, y bien que lo disfrutamos. ¿O acaso tendría sentido su música en el marco de un auditorio sentado? Long Life to the fuckin’ IDLES.

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