TOP 25 Discos 2018 (V): 5-1

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Finiquitamos esta lista de los mejores discos publicados en este 2018, o al menos lo que según mi criterio más me han marcado, entusiasmado y atrapado a lo largo de todo el año que se acaba en las próximas horas. Quien se corone con el número 1 dará el relevo a Slowdive y su espectacular regreso discográfico de título homónimo del año anterior y al Stage Four de Touché Amoré que se proclamó mejor disco del 2016. Es inevitable volver la mirada atrás y empezar a hacer comparativas y entrar en diatribas acerca de si tal o pascual ha sido mejor año, mejor disco o mas benévolo en según qué género musical. Es un déjà vu continuo verse inmerso en el debate de si cualquier tiempo pasado fue mejor y todo aquello relacionado a menudo más con el fruto de la nostalgia y el anhelo de lo que fue que con el análisis objetivo, en frío y ecuánime cuando se colacionan épocas. Cotejen si vende la nostalgia en forma de baratija con el caso del auge de la banda tributo a Led Zeppelin Greta Van Fleet. Inigualable las risas que se pega uno viendo las poses y los “morritos” del cantante de apellido inpronunciable de la banda nortemaricana con sus directos. Como conclusión, me gusta pensar que hubo tiempos y pasados que sí pudieron ser mejores pero que hay presente y futuro suficiente para seguir manteniendo viva la llama musical y la atención sobre la actualidad. Si no me creen, uno ya anda doblando la servilleta del 2018 y poniendo el mantel para recibir como merece en Enero los nuevos discos de MONO, Pedro The Lion y del interesantísimo proyecto paralelo de la peña de Atavismo denominado Híbrido. Quien se quede anclado en el revival continuo, en las playlists viejunas sin alma realizadas randomly por el algoritmo de Spotify y en revisitar vídeos de Youtube de actuaciones de dinosaurios del rock/metal pues allá él/ella, pero siento adelantarle que se perderá música de tantos quilátes como la contenida en los cinco discos que a continuación alcanzan la cima musical de Antípodas Sonoras 2018.

5 – Anna von Hausswolff: Dead Magic

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Hay discos que desde la misma portada ya te cautivan e intrigan. Es el caso del cuarto disco de la compositora y multiinstrumentalista sueca Anna von Hausswolff. Abrazaba en la última entrega el triunfo de la simpleza de las canciones a colación de los fenomenales discos de Rolling Blackouts Coastal Fever y Car Seat Headrest y no puedo ahora irme más lejospara justificar lo contenido en esta obra. Dead Magic está compuesto por únicamente 5 canciones, número casi de EP, pero con una sustancia, volumen y sensibilidad genuina que hace que entres en el disco con las primeras notas de órgano en The Truth, The Glow, The Fall y no salgas de él hasta los últimos ecos de Källans återuppståndelse. La capacidad súblime vocal de la pequeña artista escandinava se acompaña en todo momento de arreglos y una producción bastante barroca en cuanto al número de elementos que ornamentan sus composiciones. Tómese como ejemplo la multitud de instrumentos coexistentes en la primera pieza dentro del primer tema. En menos de cinco minutos ya has oido su faceta de organista, teclista, un puñado de arreglos más propio de la chiflada de Björk y una voz que en la transición hacia la segunda parte del tema ya termina por conquistar. Un preciosismo máximo que no es exponente representativo de toda la totalidad del disco, y es que la oscuridad se cierne sobre bastantes tramos y piezas del disco. La experimentación más avant-garde gana su terreno y se adentra en un corte que desde la primera escucha me sonó a Swans 100% como es la marea en idas y venidas del patrón principal de The Mysterious Vanishing of Electra. Espeluznante ver el dominio vocal de esta mujer con esos histriónicos gritos y risas. Aún mantengo vívido en mi memoria lo potente que sonó su versión en directo cuando pude verla en el Primavera Sound. Composición mágica de esas de ritual de invocar a entes del más allá en un lamento de 6 minutos inmaculado. Drone pasado por su particular visión y filtro, funcionando a la perfección, dejando esa sensación de haber ido con su música un paso más allá en cuanto a traspasar las fronteras inexploradas de toda una Chelsea Wolfe por citar a otra fémina insigne con querencia por lo óscuro y experimental. Los 16 minutazos de Ugly and Vengeful conforman otra expedición por rincones sombríos y rara vez transitados. Ese órgano omnipresente de la Iglesia de Mármol de Copenhague que vaticina la locura final de la canción que bien podría acompañar a cualquier remake de El Exorcista. Satisfacción total en lo inhóspito e incómodo, tal y como pasaba con el disco de Daughters. Al lado de la parte más experimental el remanso de paz que suponen los dos cortes finales con el órgano de nuevo como protagonista absoluto, dejan con la sensación de haber llegado a ver la luz al final del túnel. El fin de la odisea. Teletransporte sensorial durante su duración. Y eso es una virtud que pocas obras consiguen.

 

4 – Tropical Fuck Storm: A Laughing Death in Meatspace

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Y volvemos a visitar el país de los canguros: Australia. Si ya han tenido su pequeño hueco aquí los discos lanzados por Mournful Congregation y Roling Blackouts Coastal Fever -vaya contraste de discos situados en las antípodas, dicho sea de paso- ahora es el turno de un proyecto nuevo como Tropical Fuck Storm que tanta alegría me han propiciado vía su disco de debut. Formados por el núcleo de The Drones, Gareth Liddiard y Fiona Kitschin, el cuarteto también completado por mujeres se ha lanzado a la piscina con una propuesta que merodea tantos espectros musicales que se hace ciertamente difícil de clasificar. Es literalmente imposible dar comienzo a una obra de presentación mejor que lo hacen con You Let My Tyres Down. ¿Alguien dijo canción del año? Para servidor, sí. Unos riffs descacharrados y esa voz cazallera de vuelta de todo de Liddiard que por momentos parece que está medio ronco. Una auténtica joya. Un estribillo explosivo y esos coros y armonías vocales que también ejecutan a lo largo de todo el disco. Mucha imaginación y fuzz contenido con su buena dosis de nervio. La anarquía y disonancia melódica tiene su espacio en cortes como Antimatter Animals -salida del clímax del inicio e introducción a lo raruno- o en esa bass driven en Two Afternoons desembocando en un ruidismo exquisito. Mismos derroteros lleva The Future of History con unos dejes vocales y fraseos de Liddiard bastante diferentes a lo oído en el resto de temas del tracklist y de un tono pesimista en lo lírico. Flipantes son capaces de sonar en la instrumentación exquisita y sintetización marciana casi freak de Chameleon Paint, otro de mis temarrales favoritos, y apoyarse en ese contraste de la crudeza vocal al frente de Gareth y arroparla con el contrapunto de Fiona puntualmente. Bendita saturación en las guitarras. Otro escalón más en la escala experimental se encuentra Soft Power, tan llena de matices y microgiros que acojona. Por momentos la sombra alargada de su paisano Nick Cave en su faceta más gamberra sobrevuela el espíritu global del disco. Si hubiese que sacar algún pero al global del álbum sería que la última parte del mismo se viene un poco abajo con un back-to-back  con menos latencia y donde la psicodelia lenta no termina de cuajar con Shellfish Toxin y la siguiente que da título al disco. Rubber Bullies recupera las buenas sensaciones a última hora, siendo la única canción que alcanza los seis minutos. En definitiva, un sorpresón tremendo el que me llevé al toparme con esta nueva banda y con un disco que por momentos roza lo borderline de batiburrillo sónico excéntrico y bizarro pero que teniendo en cuenta la docilidad, previsibilidad y poca mala baba imperante en el mundo del rock alternativo de hoy día se agradece una infinidad. Gozada tremenda ante un disco que suena a desencanto, transmite rabia y que los amantes de las producciones crudas y que suenen a “cacharreo” y “lata” amarán. And they were such a bunch of losers…

 

3 – Beach House: 7

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Qué bonito es comprobar que ciertas bandas a las que ya creías que se les había pasado el arroz regresan con un nuevo disco y te callan la boca. Es este el caso por ejemplo de unos Interpol que sin haber editado una absoluta maravilla han recuperado cierta magia con su disco Marauder. Pero no estamos aquí para escribir sobre el disco de los neoyorquinos sino del fantabuloso 7 del dúo de Baltimore Beach House. No ofrecían una experiencia completa de disco a la altura del buen nombre de la banda desde Teen Dream y Bloom y desde entonces ya ha llovido. Así que la sorpresa es doble cuando pude catar lo hipótico y bien parido que estaba esta séptima referencia de estudio de Victoria Legrand y Alex Scally. Mantienen su evocador sonido, dream-pop como de costumbre, aunque con nuevos matices que incrementan la sensación onírica y de vuelo sensorial. Con temas como Pay No Mind y sus atmósferas evocadoras y sedosas no sorprenden a estas alturas ya a nadie pero es en cortes como Lemon Glow donde tenemos a unos Beach House asentados sobre un loop magnético más oscuro que en referencias pretéritas. Esa misma senda de vertebrarse alrededor de una tensión sintetizada y arreglos de guitarra reverbs shoegazers marcas de la casa también funciona a las mil maravillas en el exquisito patrón de Drunk in LA. y especialmente en mi favorita del conjunto, Black Car, un tema mayúsculo que requiere de análisis propio. Sutil, sugerente y con unos versos marcados a fuegos en mi hipotálamo desde la primera escucha. Sacada de chorra del bueno de Alex en todo lo que es capaz de adornar, sin caer en el barroquismo excesivo, un tema de 4 minutos que suena minimalista pero que contiene un sinfín de detalles engarzados sobre el núcleo del loop principal que se mantiene firme durante toda la canción. Y es que Beach House han conseguido restar un puntito de la vaporosidad que a veces les ha sobrado en sus discos e introducir nuevos colores a su paleta sonora. Más luminosos , grandes y épicos en Dark Spring y Dive, supurando belleza como antaño en Girl of the Year y novedosos en Last Ride. Muchas vueltas le he dado este año a un ejercicio de confirmación de Beach House en toda regla como una de las bandas más sólidas y asentadas del circuito indie. Enorme concierto el que ofrecieron en el escenario fetiche Primavera allá por el ecuador de año. Una banda de la que muchos compañeros de generación podrían tener envidia, con sus altos y sus bajos obviamente, pero con una carrera con sietes discos en doce años en su haber, y un 7 donde dan una vuelta de tuerca sin dramas a su sonido, elevando la belleza de sus composiciones y sin perder una identidad que ya estaba más que definida. Y ojalá hubiese entrado en el disco Alien que encajaba como un guante, mejor que L’Inconnue por citar una. A veces, las revoluciones es mejor llevarlas poco a poco, y aquí Beach House lo han clavado.

 

2 – Rivers of Nihil: Where Owls Know My Name

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Que se haya colado un disco de Death Metal tan arriba de mi lista ya es motivo para que reflexiones sobre ello. Que se trata de un tratado casi más progresivo que death ya explica mucho. Nunca he sido el mayor amante del subgénero metalero citado aunque sí que comulgo con ciertas bandas. Véase la transición de Gojira entre death y progresivo como ejemplo más notorio. Y con unos Rivers of Nihil que no tenía del todo ubicados me he llevado un soplamocos tremebundo. Where Owls Know My Name es un disco bestial y expansivo. Un viaje por un vasto universo, la tercera referencia de los norteamericanos Rivers of Nihil es compleja e hipertécnica. Los de Pennsylvania sencillamente apabullan con una inclusión de influencias del jazz, electrónica, folk e incluso industrial que hace que su núcleo de sonido death acabe empapado por una atmósfera progresiva que acaba por finalmente inundarlo todo. Con esto no quiero decir que el arsenal de guitarrazos no esté presente, de hecho la somanta de riffacos que se han cascado Brody Uttley y Jon Toporre aquí ya daría para ensalzar el disco. Sin embargo es en la amalgama de elementos incrustados en su música, “prestados” de otros géneros, donde han dado con la tecla para destacar sobre una buena marabunta de bandas existentes que en demasiadas ocasiones parecen clones las unas de las otras. La primera parada brillante a destacar en el camino es The Silent Life conteniendo una sección rítmica peinando hacia atrás con omnipresencia de doble-bombo -ojito a las baterías durante todo el minutaje- y un bajo de dejar ojiplático -exhibición del año al bajo de 6 cuerdas-, eso por no hablar de uno de los mejores riffs de todo el álbum. Y cuando menos te lo espera un giro progresivo con aparición jazzy de un saxofón que en unos segundos de frenesí hace acordarnos de The Mars Volta y de Ex Eye. La presencia de este instrumento también eleva la igualmente fascinante e incluso épica Subtle Change, capaz de reunir guitarras acústicas, armonías vocales entre Jake Dieffenbach y Adam Biggs, teclados progresivos e incluso un tramo cercano al black metal. Superlativa y en la misma línea Where Owls Know My Name, que con sus voces limpias y su estribillo podría ser lo más cercano a un jitaco que exista en todo el disco. Más directos y de libreto de estilo death en mano suenan en Old Nothing, Hollow y Death is Real. Ciertamente Where Owls Know My Name me parece una obra superlativa por la que voy a medir la altura de muchos discos que en el futuro se publiquen de death técnico/progresivo y supone la consagración de una banda undergorund que si ya vislumbraba potencial con Monarchy (2015) ahora se coronan y reclaman toda la atención que merecen dentro de la escena metalera general. Soberbio disco que durante unos meses en mi mente estaba predestinado a un Número 1 absoluto que bien hubiesen merecido.

 

1 – YOB: Our Raw Heart

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El puesto de honor del Top 2018 de Antípodas Sonoras tenía que ser para YOB por múltiples motivos. Desde los primeros retlaes oídos en los adelantos ya se paladeaba lo que pintaba a obra gigántesca. La misma portada tan cromáticamente estimulante -y por algún motivo en mi cabeza prima de aquella genial del Blood Mountain de Mastodon– hace de perfecto envoltorio a una obra que nace de un trance traumático para la cabeza pensante y líder absoluto de YOB: Mike Scheidt. Tras vencer a una diverticulitis que casi lo deja moñeco, el cantante y compositor principal ha sabido plasmar de manera inmejorable durante una hora y cuarto una pasión, emotividad, trascendencia y ganas de salir adelante en 7 canciones como 7 soles. Globalmente, Our Raw Heart contiene más elementos de melodías y pasajes reposados que muchos de los anteriores siete discos lanzados por el trío de Oregon, si bien no han perdido un ápice de su fiereza y capacidad para noquear con su doom catártico y repleto de riffs. Unos riffs que aparecen por doquier, y es que el trabajo a las seis cuerdas de Scheidt bien merecería ser elegido guitarrista del año – con permiso del gran Matt Pike y sus referencias con Sleep y High On Fire- por lo notable, variado y auténtico de sus líneas de guitarra. Ablaze contiene ya de entradas más guitarrazos de calidad que el 90% del metal que te eches a las orejas publicado en 2018.  Cuesta no pensar en lo vocal en un Scheidt sonando más Ozzy que nunca en ciertos tramos de la propia Ablaze. Si citábamos las dosis de melodía y de luz que se colaban en las nuevas piezas es inevitable no hacer parada y resaltar las dos canciones más largas de todo el conjunto: Beauty in Falling Leaves y Our Raw Heart. Los arpegios introductorios de ambas retroraen y beben de aquella fascinante Marrow que precisamente era el último tema del  anterior Clearing the Path to Ascend. Auténticas composiciones totales, de una belleza y pellizco insuperables. La primera citada es de auténtica lagrimita con un Scheidt expuesto a pecho descubierto, sonando frágil en un lamento que derrocha y rezuma autenticidad y verdad. Los acordes desenchufados tocados con las propias yemas de los dedos del bueno de Mike son una delicia en Our Raw Heart y suponen otra muestra de como ornamentar el, en ocasiones, monolítico doom metal. Sin embargo, no hay que valorar Our Raw Heart únicamente por las incrustaciones melódicas, más omnipresentes en este disco, sino por la totalidad de su profundidad durante sus 75 minutos. The Screen es pétrea, firme, lenta y poderosa como solo en el doom se puede oír. El avance de la batería de Travis Foster sólido y seguro como siempre también queda representado en una In Reverie en la que el espíritu del primer Chris Cornell de Soundgarden se apodera de Scheidt durante los gritos. Más salvaje y abrasiva es Original Face. ¿Queráis riffs? Pues toma dos tazas. Soberbia de principio a fin. YOB ha conquistado y se ha posicionado en casi cada Lista Internacional de Metal que haya podido observar con una obra suprema que a estas alturas de una carrera más que sólida corona su discografía. Ante un disco así sólo queda dar las gracias a sus creadores. Gracias a Travis, Aaron y sobre todo a Mike. Ah y por demostrar a los incrédulos que con el doom no te caduca el DNI

 

Y mañana la Playlist con los 50 mejores temas de 2018 para despedir el año!!!

 

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